Tinc una caputxa negra

Escrit original de l’article publicat a la Burxa el mes de Juliol

TENGO UNA CAPUCHA NEGRA

Sentada, mirando a través de la ventana, recuerdo mil y una conversaciones que a lo largo de los años hemos tenido. Recuerdo como aprendí a leer y a escribir en casa, a sumar y a restar y a argumentar porqué creía que 2+2 no era igual a 4 si no se tenían en cuentan todos los factores. Recuerdo el día en que, sentada en una silla, me quedé pensando, decidiendo, si hacer o no la comunión mientras tú esperabas en el salón, leyendo, a que te contara qué había decidido y porqué. Recuerdo, también, el día que tras acabar el bachiller investigué la lista de opciones en formación o, como tú decías, de caminos hacia el trabajo, hacia el plato en la mesa. No siempre has estado de acuerdo con las decisiones que he tomado. Hemos tenido charlas. A veces, discusiones. Una o dos o varias, unas más fuertes otras menos, unas durante más tiempo otras durante menos. Y cuando no hemos llegado al punto del acuerdo, hemos optado por respetar las diferentes formas de ver el mundo.

Hace ya algún tiempo vengo contándote cosas que te dejan perplejx. Que no entran en tu lógica. Y tampoco en la mía. Hechos como el día aquel, el del Caprabo, que nos plantamos en la puerta del supermercado, a voces, para denunciar una situación de abuso laboral. La policía acabó reteniendo a tres personas y, finalmente, enviándonos dos furgonas de antidisturbios para que cargaran contra nosotros.

Me dices que no puede ser. Que esos tiempos ya pasaron. Que tú viviste cosas parecidas para que yo no tuviera que vivirlas. Que hemos evolucionado.
Yo no sé cómo fueron esos tiempos. Y nunca lo sabré porque nunca los viviré.
Pero sí estoy viviendo estos tiempos. Tiempos en que están pasando cosas gravísimas
que se están masticando con indiferencia o a base de quejas, en los bares.

Indiferencia porque todo nos sabe igual, porque nos han acostumbrado a asimilar los hechos a modo notícias, lo mismo es un huracán con cientos de muertos que el lanzamiento de una nueva línea de cosméticos: quince segundos bajo la misma voz neutra y enlatada. Quejas, porque sí, porque nos damos cuenta de lo que está pasando, no somos tontos, y porque alguien que no somos nostros debe aparecer ya, de una vez, y salvar el mundo, joder! Si se contratan superheroes para las películas pues que se contraten también para la vida real. Para hoy. Para ya. Yo le voto.

Y como envolvente estrella, nuestra fantástica convicción de que al final, como en las pelis americanas, todo se resuelve y la historia acaba bien. O, mejor aún, pensamos que, en el fondo, estas cosas sólo les pasan a los demás, porque algo habrán hecho para que así sea.

¿Y qué han hecho exactamente? ¿Qué ha hecho esa família que lleva años pagando religiosamente su hipoteca y, de repente, se encuentran sin trabajo con la policía en la puerta, carta de deshaucio en mano? Deshaucio que les deja sin hogar.

Casa que se queda vacía a la espera de que alguien la pueda comprar al precio que el banco ha marcado. Y vacía se quedará, vaya a ser que el banco pierda parte del valor de su capital.

¿Y mientras tanto? Rescatamos a los bancos. Invertimos dinero público en sanear las cuentas de los pobres responsables de la crisis econcómica que vivimos.

Recuperemos el capitalismo usando reglas de juego diferenciadas: la família que no puede pagar, a la calle. El banco que está al borde de la quiebra, salvado gracias a las arcas del Estado. Arcas que se nutren a base de impuestos, de peajes, de multas, de copagos.

¿Y quién paga todo esto? ¿Nos van a aplicar a nosotros la anunciada amnistía fiscal? De momento sólo veo recortes. Recortes en todos aquellos campos que garantizan las necesidades básicas de las personas: la salud, la educación… Y subidas de impuestos, de esos que se pagan a la hora de coger el autobús pero no para alquilar y darse una vuelta en un velero.
Y pasos de gigante, hacia atrás, en conquistas laborales que necesitaron muchas huelgas para ser logradas.
Y multas. Multas por resistencia y desobediencia a todo aquel que se atreve a protestar, a manifestarse, a denunciar, a gritar, a poner contra la pared a aquellos que, pese a ser responsables, la política actual cobija y preserva sus privilegios.

Mamá, papá, tengo una capucha negra en el fondo del armario. Porque no me voy a callar.
Y porque no me voy a dejar multar.

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