Reflexiones en torno a la violencia revolucionaria

Éste escrito ha sido publicado en el Fuelle nº 11, Órgano de expresión y combate de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias, y se escribió en respuesta al artículo de las JJLL de Gijón: “Acción Directa, Propaganda por el Hecho y Violencia.” (Fuelle 10).

http://www.nodo50.org/juventudeslibertarias/images/pdf/el-fuelle/fuelle_10-.pdf

Después de leer el artículo aparecido en el número 10 del Fuelle: Acción Directa, Propaganda por el Hecho y Violencia escrito por los compañeros de las Juventudes Libertarias de Gijón, al final del cual se hace referencia a la huelga del 29-M en Barcelona, algunos compañeros anarquistas de Barcelona hemos querido dar nuestra opinión sobre el mismo y otro punto de vista en el tema de la violencia, que es el eje principal en torno al que gira el texto, ya que discrepamos en numerosos aspectos de las afirmaciones y argumentaciones que en él se reflejan.

  Primero decir que siempre son interesantes los debates entre compañeros si se hacen desde el respeto, la humildad y la valoración del trabajo político que hace cada uno. Ante la situación actual donde el capital y el Estado cada vez imponen condiciones más duras al proletariado y a las clases populares, es necesario romperse la cabeza para intentar que nuestras ideas y formas de actuar estén presentes en las luchas y convertirnos en un movimiento con incidencia social.

 No vamos a caer en debates filosóficos sobre las diferencias entre acción directa, propaganda por el hecho o sabotaje, ya que la cuestión de fondo del artículo es si es legítimo o no el uso de la violencia por parte de los anarquistas.

 A nuestro modo de ver los compañeros de las JJLL de Gijón hacen un uso arbitrario del término violencia y de la historia del movimiento anarquista, todo ello para negar algo que para muchos de nosotros es evidente: el movimiento anarquista históricamente ha usado la violencia revolucionaria. Al menos esta es la sensación que nos queda leyendo el artículo, aunque a veces se nos hace difícil saber qué es exactamente lo que critican los compañeros, ya que a lo largo de su exposición se defienden y se critican cosas aparentemente similares. A pesar de esto, la idea que parece vertebrar el discurso de los compañeros es la crítica al uso de la violencia política en la actualidad, siendo este uso restringido hasta que llegue el día en que el anarquismo se nutra de masas y se esté en condiciones de hacer la Revolución. De esta manera se pasa por alto que para llegar a esa Revolución se debe de haber dado un proceso de radicalización social donde el proletariado ha debido familiarizarse con el uso de la violencia en diversos modos.

 El artículo establece diferentes criterios de lo que consideran violencia por lo que crea una gran confusión en torno al término. Por un lado se denomina violencia a determinadas acciones como pueden ser los ataques incendiarios a cajeros o los disturbios que ocurren actualmente, mientras que por otro se justifican levantamientos anarquistas ocurridos en otros tiempos. En ocasiones se afirma que: “manifestaciones, piquetes y huelgas no son violentas por si, por mucho que algunos personajes aislados, dispuestos a que todos nos comamos 14 hostias con tal de quemar un contenedor o un cajero se empeñen”, y sin embargo más adelante se dice: “en ocasiones se hace necesario el uso del sabotaje o los disturbios, como elementos de presión cuando ya no queda más remedio, cuando no hay forma de que te escuchen…”. En el confusionismo que caracteriza al artículo y a las argumentaciones no nos queda claro si los compañeros de Gijón nos quieren convencer de que los levantamientos anarquistas del campo andaluz o las huelgas como la Canadiense fueron actos no violentos (donde no se usó la violencia revolucionaria) o intentan justificar el uso de la violencia como una respuesta al malestar de las clases populares. Suponemos que no se trata de la primera opción ya que los compañeros bien saben que los levantamientos anarquistas o huelgas como la de la Canadiense son experiencias históricas donde la violencia revolucionaria jugó un papel importante. En el caso de que se trate de la segunda opción nos gustaría decir que estamos un poco cansados de que se elogien las huelgas salvajes de tiempos pasados, el pueblo en armas, las milicias anarquistas de la Guerra Civil y sin embargo nos escandalicemos cuando se rompe un escaparate en una huelga en el siglo XXI. Parece que las condiciones de explotación actual no son lo suficientemente duras como para que los compañeros anarquistas elijan entre sus estrategias el sabotaje o la revuelta.

 Suponemos que en el texto existe una intencionalidad de presentar al anarquismo como un movimiento no violento. Sin embargo, al acudir a la historia con ejemplos de huelgas e insurrecciones, no podemos menos que entender que para los compañeros de Gijón la situación actual no es demasiado grave, ya que se justifican unos métodos en unos momentos históricos y no en otros. Todo esto, por supuesto, pasando por alto que las diferencias de contexto son grandes, y por eso en las revueltas del campo andaluz se disparaba a los patrones y en la actualidad se martillean escaparates de bancos o multinacionales.

 Otro aspecto que nos ha llamado especialmente la atención son las referencias críticas a los disturbios o los actos de sabotaje que se generalizaron en Barcelona durante la jornada de huelga del 29-M. Se refieren a esto como “acciones irreflexivas” y consideran que hacen el juego al Estado y que sólo sirven para criminalizar el movimiento. Los compañeros se preguntan: “¿Cuál era el objetivo de esta estrategia?” y si “¿realmente se valoró tan nefasta la coyuntura como para creer que el acto violento era el más adecuado?” La primera pregunta la responden en su texto; uno de los objetivos era desbordar a los sindicatos mayoritarios, pero en un sentido amplio. No nos podemos quedar en el fetiche de la violencia ni centrarnos solo en este aspecto. El hecho de desbordar a los sindicatos supuso bastantes cosas: comités de huelga en los barrios formados por asambleas autónomas de individuos al margen del sindicalismo oficial, propaganda, agitación, piquetes de barrio combativos al margen de los sindicatos, manifestaciones masivas y combativas, procesos de autoorganización colectiva… Parece ser que todos estos aspectos se le escapan a los compañeros de Gijón. La segunda pregunta nos sorprende más viniendo de compañeros de las JJLL y la responderemos con otra pregunta: ¿realmente creen que la situación no es tan nefasta como para realizar piquetes contundentes, ataques a edificios estatales, bancos, multinacionales o enfrentarse con las fuerzas de seguridad? Nos imaginamos la respuesta, lo que no queremos pensar es que los compas creen que hay que poner la otra mejilla u optar por las formas institucionales de protesta maquilladas de revolucionarias. Damos por hecho que los compañeros de Gijón sufren en sus carnes la explotación y la combaten con todas sus fuerzas; por eso nos sorprenden algunos de los análisis que aparecen en su artículo y sobre todo nos duele leer afirmaciones de desprecio hacia determinados anarquistas o colectivos que, por usar la violencia revolucionaria, no son considerados compañeros.

 Por otro lado se argumenta que muchos piquetes y grupos radicalizaron sus posturas sin necesidad de recurrir a los disturbios y por ello las consecuencias represivas han sido distintas. Esta afirmación confirma que el artículo está escrito desde el desconocimiento de lo que sucede en Barcelona. Si recordamos, varios de los encarcelados de la huelga fueron detenidos durante piquetes en los que apenas hubo disturbios como el del Clot y otra de las encarceladas lo estuvo por una acción simbólica a las puertas de la Bolsa Barcelona quemando unos papeles. A pesar de todo reconocemos y no vamos a negar que la contundencia de la movilización contribuyó a que los jueces aplicaran medidas de excepción que en otro momento no se hubiesen aplicado. Sin embargo nos parece un error estratégico cuestionar nuestras acciones sólo de cara a evitar la posible criminalización de nuestras ideas. Si fuera por eso montaríamos una ONG y no seriamos anarquistas. Es cierto que hay determinadas prácticas que son más propensas a la criminalización pero también hemos visto cómo han sido criminalizadas por los medios y por los políticos otras iniciativas que no han sido violentas, como pudo ser el bloqueo al Parlament el 15-J en Barcelona o la generalización de los escraches por parte de la PAH, que han sido incluso comparados con ETA o los nazis. Esto nos hace pensar que es lógico que nuestros enemigos y todos aquellos que ven amenazados sus privilegios criminalicen a las personas y organizaciones que luchamos por la justicia social, y aún más lógico que se criminalice a los anarquistas ya que sus ideas ponen en peligro a las élites económicas y políticas. Por eso esperar que los medios de comunicación hablen bien de nuestra ideología (o no hablen mal) nos parece un grave error; esperar que nuestros enemigos y sus medios no nos criminalicen es absurdo.

 Para dar nuestro punto de vista debemos de potenciar nuestros medios de difusión, y nosotros sí que vemos necesario justificar el uso de la violencia revolucionaria cuando sea necesaria, a la vez que no mitificar esta práctica por encima de otras. Es necesario que la población asimile este tipo de acciones y las legitime y esto se consigue mediante el trabajo político diario que se está haciendo en los barrios de Barcelona. Nosotros sí que consideramos compañeros a las personas que el 29M optaron por la estrategia del enfrentamiento y nos parece que análisis como el que realizan los compañeros de las JJLL de Gijón no es otra cosa que caer en los mismos tópicos que los medios de comunicación y los políticos, presentando a los que realizan este tipo de acciones como personas que solo buscan liarla, que funcionan por impulsos, que lo hacen sin pensar y por puro placer. Olvidan los compañeros que detrás de estas prácticas hay personas que trabajan día a día, que están en multitud de proyectos anarquistas, que participan de las luchas sociales como un oprimido más, que se sienten parte de los sectores en lucha y que el uso de la violencia en determinados momentos en una elección racional y estratégica que han hecho numerosos luchadores anarquistas a lo largo de la historia y seguirán haciendo.

 Nos sorprende por otro lado cómo los compañeros de las JJLL elogian la lucha de los mineros diciendo que a pesar del uso de la violencia a nadie se le ha ocurrido pedir que endurezcan la ley o calificarlos de terroristas. Este hecho nos llama la atención porque si bien es cierto que la lucha de los mineros ha sido vista con simpatía por muchas personas (incluidos políticos de las comarcas mineras), sus prácticas sí que han sido criticadas por muchos. Además, la percepción positiva de la lucha de los mineros no es casual. Fueron presentados como trabajadores que al cerrar sus minas quedarían sin sustento, junto con sus familias, y las comarcas mineras se despoblarían. Esta manera paternalista de plantear el conflicto, presentando al obrero como defensor acérrimo del puesto de trabajo y de las subvenciones a las industrias estratégicas como la minería, nos parece peligrosa. Con esto no queremos decir que no nos solidarizamos con la lucha de los mineros y que no la veamos legítima. Simplemente nos preguntamos qué hubiera pasado de plantearse el conflicto de otra manera, por ejemplo, si los mineros, en vez de pedir el mantenimiento de las subvenciones y la defensa de los puestos de trabajo, hubieran pedido la expulsión de las fuerzas de seguridad de la zona, la expropiación a los burgueses de las comarcas, la colectivización de los recursos, el cierre voluntario de la minería y la creación de una economía local sostenible y autogestionaria. La respuesta a la pregunta creemos que está clara: criminalización. A nuestro modo de ver sí es cierto que hay prácticas más contundentes que son más propicias a la criminalización, pero también hay ideas y aspiraciones que son más criminalizadas. En este sentido existen ideas inasumibles por el Estado y entre ellas están las ideas anarquistas, por eso no debemos de extrañarlos cuando nos criminalicen.

 Si bien los mineros tenían unas reivindicaciones concretas sí que es cierto que gran parte de los colectivos anarquistas en Barcelona eran conscientes que la huelga del 29M no iba a hacer parar la reforma laboral. En este sentido la huelga se planteó como una manera de demostrar la capacidad de acción y de organización de los explotados que optaron por la creación de asambleas en los trabajos, comités de huelga en los barrios, asambleas de coordinación y multitud de estrategias: desde acciones de desobediencia civil hasta acciones de sabotaje, ataque a las infraestructuras del Estado y del Capital o enfrentamientos directos con la policía.

 Estamos de acuerdo con los compañeros de cuando afirman “en ocasiones se hace necesario el uso del sabotaje o los disturbios como elemento de presión” sin embargo no comprendemos el doble rasero a la hora de legitimar el uso de la violencia por parte de los mineros y sin embargo criticarla durante una huelga general como fue el 29-M. Detrás de cada uno de los encapuchados, detrás de cada barricada, en los piquetes, en los cortes de carretera del 29M, había un precario, un desahuciado, un inmigrante, un parado… En definitiva un proletario explotado cuya vida se precariza más con las nuevas reformas laborales y con la misma legitimidad que los mineros para optar por el uso de métodos contundentes de protesta.

 Los disturbios de los mineros se enmarcan dentro de un contexto de huelga indefinida en respuesta al posible cierre de las minas y la huelga del 29M era la respuesta a la reforma laboral que suponía otra vuelta de tuerca para las clases populares. Si el objetivo de los mineros era evitar el cierre de las minas y para ello cortaron las comunicaciones y se atrincheraron en sus pueblos, los objetivos del 29M en Barcelona eran paralizar la ciudad, que la huelga fuera un éxito, salirse de la protesta pactada, deslegitimar a los sindicatos mayoritarios… Y para ello se actuó en consecuencia: barricadas en los accesos a la ciudad y en las principales calles, sabotajes, piquetes contundentes, marchas combativas, etc .Cabe decir que la mayoría de acciones que se realizaron contra bancos, multinacionales o edificios públicos durante las manifestaciones de la huelga contaron con apoyo de gran parte de los manifestantes, que mostraban su simpatía aplaudiendo o cantando consignas. Pero no vamos a negar que algunos sectores se opusieron, incluso algunos militantes de los llamados sindicatos alternativos o de anarcosindicatos, cuya preocupación era que la huelga transcurriera pacíficamente para no manchar el nombre de su organización.

 A pesar de todo coincidimos con los compañeros en algunas reflexiones. No queremos mitificar la violencia y creemos que las manifestaciones en ocasiones tienen que ser espacios inclusivos donde puedan asistir todo tipo de personas y que a ser posible deben acabar su recorrido. Pero también deben dejar de ser, por norma general, meros paseos. No nos parece bien que algunas organizaciones con estética revolucionaria critiquen determinadas prácticas o acciones que usan los explotados para su liberación .Nos parece que dentro de estas organizaciones hay gente muy válida pero también hay tendencias ciudadanistas o demócratas que se escandalizan cuando el conflicto se materializa y se superan los límites de la protesta pactada y del folclore. A nuestro modo de ver, y en el contexto social actual, las organizaciones que se proclaman anarcosindicalistas deben de estar a la altura de las circunstancias y no tener miedo de legitimar el uso de la violencia revolucionaria. Desde nuestro punto de vista hay cosas que no se hicieron del todo bien el 29M y seguramente es necesario ser más pedagógicos a la hora de optar por la contundencia, debemos de saber hacer llegar nuestras ideas al resto de explotados. Las circunstancias actuales, al menos en lugares como Barcelona, hacen necesaria una legitimación de hechos como los que se dieron en las huelgas del 29S y el 29M. Cómo decía un cartel aparecido tras los disturbios del 29S: “Lo más violento de todo fue volver a la normalidad”.

 Como anarquistas no podemos renunciar a la violencia porque eso sería renunciar a la posibilidad de derrotar al Estado y el Capital, sin lugar a dudas. No conocemos ninguna revolución o cambio social que se haya realizado sin ella. Es por esto que debemos de legitimar todas aquellas acciones que buscan liberarnos y que responden a una violencia institucional que sustenta este injusto sistema.

No es nuestro objetivo reducir el debate de estrategias sobre violencia si o violencia no. Nos parece bastante improductivo caer en este tipo de simplificaciones. Criticamos tanto el elogio ciego de la violencia que hacen ciertos anarquistas como el miedo de determinadas tendencias al enfrentamiento directo. Creemos que es en cada momento concreto de la lucha donde los grupos, organizaciones o asambleas han de decidir qué estrategia llevar a cabo, entendiendo el movimiento anarquista como algo plural y optando por la diversidad. En momentos como los actuales la represión y la criminalización de las ideas y del movimiento anarquista no nos deben extrañar. Es por eso que a la vez que debatimos diferentes estrategias debemos tejer lazos solidarios y crear estructuras antirrepresivas que nos permitan recibir mejor los golpes y seguir en la lucha.

Esperamos que este escrito sirva para constatar una postura más respecto al debate sobre el uso de la violencia en los medios anarquistas. Precisamente nosotros, militantes anarquistas de uno de los barrios de Barcelona donde más se cebó la maquinaria represiva después del 29M, nos gustaría dejar claro que “no pedimos perdón por ser libres”.

Acció Llibèrtaria de Sants

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