El asfixiante aire del radicalismo rígido

De Carla Bergman y Nick Montgomery

El capitalismo, el colonialismo y el heteropatriarcado nos enferman. ¿Están curándonos nuestras respuestas? ¿Están nuestras acciones generando bienestar para los demás? ¿O estamos inintencionadamente reproduciendo el tipo de relaciones que nos enfermaron en primer lugar?

Zainab Amadahy

El puritanismo, en cualquiera de sus expresiones, es un germen venenoso. En la superficie todo puede parecer fuerte y vigoroso; pero el veneno se abre paso persistentemente, hasta que todo el tejido está condenado.

Emma Goldman

Hará un siglo, la famosa anarquista Emma Goldman estaba en una fiesta, bailando con todo su entusiasmo, cuando un joven muchacho se la llevó aparte. “Con un semblante grave, como si fuera a anunciar la muerte de un querido camarada”, el hombre le dijo que “no le correspondía bailar a una agitadora”. Le daba una mala imagen al movimiento revolucionario, le dijo. Goldman estaba enojada, y básicamente mandó a la mierda al joven. Se cree que este encuentro es la fuente de la ahora famosa defensa del disfrute y la diversión, normalmente atribuida a Goldman: “si no puedo bailar, no es mi revolución”. No se trataba solo de bailar. Goldman insistió en que el conformismo y la vigilancia persistían dentro de los propios movimientos revolucionarios, y se esperaba de los radicales que pusieran la Causa antes que sus propios deseos.

Un siglo después, aunque las reglas hayan cambiado, en muchos espacios políticos, movimientos y entornos sigue circulando algo que mina su poder desde dentro. Es la aprehensión vigilante de errores y complicidades en uno mismo y en los otros; la triste comodidad de colocar los sucesos en desarrollo en categorías muertas; el placer de sentirse más radical que otros y el miedo de no ser suficientemente radical; la gesticulación ansiosa en las redes sociales con el subidón de gustar y el bajón de ser ignorado; la sospecha y el resentimiento sentidos ante la presencia de algo nuevo; la manera en la que la curiosidad parece ingenua y la condescendencia es lo correcto. Podemos sentir su emergencia en ciertos momentos, cuando sentimos la necesidad de actuar de cierta manera, odiar las cosas correctas y realizar los gestos adecuados. Nos hemos encontrado en ambos lados de sus tendencias puritanas, como los puros y como los corrompidos. Por encima de todo, es hostil a la diferencia, la curiosidad, la amplitud de miras y la experimentación.

Este fenómeno no puede ser descrito exhaustivamente, porque siempre está mutando y recirculando. No puede ser reducido a cierta gente o ciertos comportamientos. No se trata de que haya un puñado de imbéciles por ahí asfixiando movimientos e implosionando mundos. De hecho, esta búsqueda vigilante de gente o comportamientos defectuosos -y su exposición pública- puede ser parte del proceso tóxico. Nadie es inmune. Es ampliamente sentido, pero difícil de hablarlo, así que no tiene mucho sentido gritar sobre él. Es más como un gas: circulando continuamente, trabajando a nuestras espaldas, y guiándonos hacia las rigideces, la cerrazón y la hostilidad. El aire nos hace toser certezas: algunas parecen inducidas, y atacan o se encogen; otras necesitan de un jarabe; pero nada de esto detiene su contagio. Para nosotros por lo menos, no hay cura, ni máscara de gas, ni solución unitaria.

Hemos llegado a llamar a esta fuerza radicalismo rígido. Es al mismo tiempo una manera fija y una manera de fijar/reparar1. Repara en el sentido de intentar arreglar, viendo a los movimientos emergentes como inherentemente defectuosos. Reparar es verlo todo roto, y tratar las luchas y los proyectos como deficientes. También fija en el sentido de hacer permanente, convirtiendo prácticas fluidas en formas de ser estancadas. Cuando la rigidez triunfa, la transformación creativa se agota.

Un crudo ejemplo de radicalismo rígido puede encontrarse en el grupo estadounidense Weather Underground, un grupo militante blanco antiimperialista activo durante los ’70. Son más conocidos por una serie de ataques con explosivos contra infraestructura pública y monumentos, llevados a cabo en un intento de despertar a los norteamericanos blancos a la realidad del imperialismo estadounidense, incluyendo la masacre gubernamental del pueblo vietnamita y el asesinato de Panteras Negras.

En un esfuerzo para profundizar su militancia, adoptaron la práctica maoísta de la autocrítica. Las sesiones de crítica, que podían durar horas o incluso días, significaban que los miembros discutían debilidades, errores tácticos, implicación emocional, disposición para la violencia e incluso inclinaciones sexuales en un esfuerzo para desprenderse de todo apego al orden dominante e inducir una forma de ser revolucionaria. Paradójicamente, este intento de purificarse de cualquier signo de conformidad con la ideología dominante llevó a una aplastante conformidad militante, junto con constantes llamamientos a las formas más radicales de acción posibles.

La atmósfera tóxica del Weather Underground no es una fábula con moraleja sobre ideas o prácticas equivocadas, como si simplemente pudiéramos aprender de sus errores y hacerlo bien la próxima vez. El radicalismo rígido muchas veces tiene su más firme asidero cuando la gente está convencida de que por fin tiene las respuestas correctas. En su lugar, el Weather Underground es un ejemplo palpable de la manera en la que los ambientes radicales pueden ser asfixiantes, inescapables y agradables o rectos. Y si la sólida rigidez del maoísmo de los setenta parece pintoresca o distante, eso no significa que el radicalismo rígido haya desaparecido; solo que ha adoptado nuevas formas.

Tener una buena política

¡Pero basta! ¡Basta! No puedo tolerarlo más ¡Mal aire! ¡Mal aire! Este taller donde el hombre fabrica ideales me parece que apesta a nada más que mentiras.

Friedrich Nietzsche

Hoy, una forma en la que se materializa el radicalismo rígido es a través de la noción de “buena política”. En muchos círculos, se ha vuelto común decir de un individuo o grupo que “tienen una buena política”. ¿Qué significa tener una buena política? ¿Qué sucede cuando la política se convierte en algo que una persona tiene, en lugar de algo que las personas hacen juntas, como una práctica compartida? ¿Qué sucede cuando las prácticas compartidas siempre deben anunciarse y exponer su bondad? Cada vez más, sugerimos, tener una buena política significa tomar las posiciones correctas, decir las cosas correctas, hacer circular las cosas más radicales en Facebook o Twitter o Tumblr, señalar a las personas adecuadas por estar equivocadas y tener opiniones bien formadas.

Nos alientan -y a menudo nos alentamos mutuamente- a vestir nuestra política y nuestro análisis como medallas, como marcadores distintivos. Cuando la política se convierte en algo que uno tiene, como la moda, siempre necesita ser visible para funcionar. Las acciones deben publicitarse, deben tomarse posiciones y nuestras vidas cotidianas deben ser contadas en voz alta entre nosotros. Se nos anima a hacer cálculos sobre compromisos políticos basados en cómo seremos vistos y por quién. La política se convierte en un espectáculo a ser actuado. Esto alcanza su pico en línea, donde compartir las cosas correctas y decir las palabras correctas tienden a ser la única manera en la que las personas se pueden conocer. Los grupos deben volverse hacia dentro y evaluarse constantemente en relación con estos ideales y luego proyectarlos hacia fuera, proclamando sus intenciones, valores, programas y misiones.

Pero como solo se puede tener una buena política en comparación con otro que no la tiene, el radicalismo rígido tiende a una constante comparación y medición. A menudo, la mejor manera de evitar la humillación por carecer de una buena política es encontrar a otros que carecen de militancia, radicalismo, anti-opresión o algún otro ideal. Nuestra política nunca puede alcanzar exactamente estos ideales perfeccionistas, por lo que estamos sujetos a la vergüenza y el miedo constantes.

Cuando los radicales se atacan entre sí en el juego de la buena política, se debe, al menos en parte, al hecho de que este es un lugar donde las personas pueden ejercer cierto poder. Incluso si uno no puede desafiar al capitalismo y otras estructuras opresivas, incluso si uno no puede participar en la creación de formas de vida alternativas, uno siempre puede atacar a otros por su complicidad, y decirse que estos ataques son radicales en sí mismos. Los oponentes en el juego de la buena política y el radicalismo rígido no son capitalistas, ni los supremacistas blancos, ni la policía; son aquellos que rivalizan por las formas correctas de criticar y luchar contra el capitalismo, la supremacía blanca y el control policial. La comparación y evaluación de diferentes campos o corrientes puede ser tan constante que se convierta en un fin en sí mismo: cada encuentro con una nueva corriente debe abordarse como una búsqueda desconfiada de defectos. Llegamos a conocer a los demás, sus creencias, sus compromisos, su valor, en función de cuán buenos son para establecer una posición y situando esa posición en relación con la nuestra.

En este sentido, el radicalismo rígido no es una corriente política, sino una tendencia que se infiltra en muchas corrientes y ambientes diferentes hoy en día. En algunos espacios, la moneda de la buena política es una disposición declarada (o demostrada) para la acción directa, los disturbios, la destrucción de la propiedad y los enfrentamientos con la policía. En otros, es la capacidad para el análisis anti-opresivo, el evitar pronunciar expresiones opresivas y el señalamiento de aquellos que las hacen. En otros, es la capacidad de evitar trabajar y sobrevivir sin comprar cosas o pagar el alquiler. En algunos casos, es la adhesión a una visión del izquierdismo o la revolución, y en otros es la convicción de que la izquierda está muerta y la revolución es una fantasía ridícula. En otros casos, es la capacidad de haber participado en muchos proyectos o estar conectado a una gran red de organizadores radicales. En todos los casos, hay una tendencia a que un espacio desestime los compromisos y valores de los otros y exponga sus insuficiencias. En su extremo, esto genera una forma de sectarismo alimentada por el mismo hecho de ser fervientemente sectaria.

El recién llegado es colocado inmediatamente en una posición deudora: debe dedicación, sacrificio y un análisis correcto que deben probarse continuamente. Ya sea que se trate de la expresión de un lenguaje opresivo, un fervor revolucionario, un desprendimiento nihilista o un código de vestimenta implícito, aquellos que no están familiarizados con las expectativas del entorno están condenados desde el principio a menos que se “pongan al día” y se adapten. De manera sutil y abierta, serán atacados, mofados y excluidos por equivocarse, a pesar de que estas personas a menudo son las que se supone que la “buena política” debe apoyar: los que no tienen educación formal y que no han sido demasiado expuestos a los ambientes radicales, pero que tienen un interés en la lucha.

Nada de esto pretende sugerir que deberíamos ser más indulgentes con la opresión, o que las líneas rojas son incorrectas, o que todas las prácticas radicales son corruptas o malas. Creemos que desarrollar análisis, nombrar los errores y participar en conflictos son todos indispensables. Deshacer el radicalismo rígido no es un llamado a “llevarse bien” o a “callar y actuar” o a “ser espontáneos”. Definitivamente no es un llamado a menos radicalismo. La capacidad de las personas para desafiar y desaprender conductas opresivas, tomar medidas directas o evitar vender mano de obra y pagar el alquiler pueden crear y profundizar grietas en el orden dominante. Todas pueden ser empoderantes y transformadoras. Pero cualquiera de estas prácticas también puede convertirse en indicadores para la comparación y la evaluación que terminan desvalorizando otras prácticas y sofocando el crecimiento de las capacidades colectivas.

Cuando la política circula en un mundo dominado por la hipervisibilidad y la rigidez, hay una gran cantidad de cosas que no cuentan, y no pueden contar nunca: las cosas increíbles que las personas hacen cuando nadie mira, las formas en que las personas se apoyan y cuidan entre sí silenciosamente y sin reconocimiento, las dudas y tartamudeos que surgen durante el encuentro con otras formas de vivir y luchar, todos los actos de resistencia y sabotaje que permanecen en secreto, las lentas transformaciones que toman años o décadas, y todos los movimientos inefables y las luchas y proyectos que nunca se pueden capturar en palabras o mostrar públicamente.

Estas tendencias han llevado a muchos a abandonar espacios radicales. Este es el estrechamiento de posibilidades inducidas por la rigidez: o continuar en una atmósfera sofocante y agotadora, o abandonarla e intentar vivir la forma de vida que ofrece el orden dominante. Para muchos, esto no es una elección en absoluto porque la propia supervivencia está conectada a los mismos espacios donde la rigidez se ha afianzado. En este sentido, el radicalismo rígido puede ser letal.

Debido a que el radicalismo rígido induce un sentido del deber y la obligación en todas partes, hay una sensación constante de que uno nunca está haciendo lo suficiente. En este contexto, el “agotamiento” en espacios radicales no se trata solo de desgastarse por el trabajo duro; a menudo es un código interno para estar herido, agotado y deshilachado: “Estoy jodidamente quemado“. Lo que nos agota no son solo las largas horas, sino las tendencias a la vergüenza, la ansiedad, la desconfianza, la competencia y el perfeccionismo. Es la forma en que estas tendencias sofocan la capacidad de creatividad colectiva y cambio. A menudo, decir que uno está quemado es la manera más segura de desaparecer, de tomarse un descanso, de cuidarse y alejarse de esta dinámica.

Puede ser arriesgado discutir todo esto públicamente; siempre existe la posibilidad de que uno sea etiquetado como un liberal, un opresor o un reaccionario. Por esta razón, muchas conversaciones sobre esto están sucediendo entre personas que ya confían lo suficiente como para saber que no se enfrentarán con sospechas o ataques inmediatos. En estas conversaciones más calmadas, hay más lugar para el cuestionamiento y la escucha, con espacio para la sutileza, los matices y el cuidado que a menudo faltan cuando se instaura el radicalismo rígido. Estas son algunas de las preguntas que formulamos en nuestras conversaciones con personas para nuestro libro, Militancia gozosa: ¿Cómo funciona el radicalismo rígido? ¿Cuáles son sus contornos y cuáles son sus fuentes? ¿Qué lo desencadena y qué lo propaga? ¿Cómo se puede evitar, y cómo están las personas activando otras formas de ser?

Deshaciendo el radicalismo rígido

Enfrentar el radicalismo rígido de manera efectiva, creemos, no es señalarlo y atacarlo, sino comprenderlo para que podamos aprender a disiparlo. Debido a que estas tendencias están vinculadas con el miedo, la ansiedad y la vergüenza -a nuestros propios deseos y nuestra percepción de quiénes somos y en qué nos estamos convirtiendo- creemos que es importante abordar todo esto con cuidado y compasión. Si algo está claro en nuestras investigaciones y entrevistas, es que todos los movimientos e iniciativas radicales tienen momentos de rigidez y cerrazón, y otros momentos donde cosas nuevas parecen posibles.

Dudamos en proporcionar ejemplos claros aquí, por dos razones. En primer lugar, el radicalismo rígido se ve impulsado por una tendencia a poner iniciativas o personas en pedestales, convirtiendo un radicalismo vivido y cambiante en ideales y normas sofocantes. Los ejemplos pueden ser alimento para esta conversión. “Hicimos esto, y ayudó” se convierte en “esto ayudó, así que deberías”. En segundo lugar, si la hipervisibilidad es hoy parte del problema, debería darse algo de crédito a permanecer oculto al radar. La experimentación silenciosa puede ser una forma de evadir tanto a los pedestales como la vigilancia.

En nuestro libro, en lugar de discutir ejemplos de movimientos específicos en detalle, tratamos de abordar a personas involucradas en una variedad de proyectos y luchas y extraer lo que llamamos nociones comunes: sensibilidades compartidas que apoyan la transformación y el crecimiento de nuevas capacidades. Una de ellas es la confianza. Encontramos personas que hablaban sobre la importancia de la confianza – sintiéndose de confianza y siendo capaces de confiar en sí mismos y en los demás- como un ingrediente crucial de las insurrecciones en Grecia, las ocupaciones de fábricas en Argentina y proyectos juveniles radicales en América del Norte. Sin embargo, sería un error convertir la confianza en un ideal o un imperativo. La confianza es un regalo arriesgado. Al igual que todas las nociones comunes, es un nombre frágil para algo que las personas crean juntas. Cuando se las levanta como una medalla de honor o se las aferra como una identidad, las nociones comunes mueren, desconectadas de los procesos y las relaciones que las animan.

El radicalismo rígido siempre se está desmoronando, y algo diferente siempre está surgiendo. Hay aperturas, búsquedas y descubrimientos colectivos de formas nuevas y antiguas de movimiento que dejan entrar aire fresco. Y por la misma razón que nadie es inmune a esta toxicidad, cualquiera puede participar en su ruina. Muchas personas están iniciando conversaciones para deshacer algunas de estas tendencias dentro de los entornos que habitan. Otros huyen del radicalismo explícito, creando algo nuevo en los márgenes tanto del orden dominante como de los espacios visiblemente radicales. Al separarse de un grupo de amigos, algunos han construido alternativas y nodos más silenciosos en otros lugares que permiten nuevas formas de movimiento y reviven las posibilidades sofocadas.

En definitiva, creemos que la rigidez se deshace activando, avivando e intensificando el crecimiento del poder compartido y defendiéndolo con militancia y dulzura; en otras palabras, descubriendo cómo transformar nuestras propias situaciones, tratándonos bien, escuchándonos, experimentando y luchando juntos.

1N. del T.: en inglés fixing tiene ambos significados.

 

Extracto de Militancia gozosa: resistencia floreciente en tiempos tóxicos

Traducido por N.

Fuente: https://theanarchistlibrary.org/library/carla-bergman-and-nick-montgomery-the-stifling-air-of-rigid-radicalism?v=1537414173

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